El resultado suele ser casi siempre el mismo y sus voceros abrazan el destino vestido de bala. Cambiar las cosas pertenece a las competencias de los poderosos. Los altruistas no tienen cabida pero no por ello estos se dejan desanimar: las utopías son sus obsesiones, le dan sentido a su vida y, sobretodo, a su muerte.

LOS ALTRUISTAS NO CAEN DE PIE (I y II)

por Miguel Cristóbal Olmedo

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I:

El título es una perogrullada, teniendo en cuenta que a Don Pero Grullo no lo mataron y sí a los personajes que pueblan este artículo. De hecho, puedo advertirles de antemano que todo lo que cuente no tendrá un final feliz. Y es que, aunque se trate de una mala forma de empezar, aquí no encontrarán un atisbo de esperanza.

La excusa para tocar el tema la proporciona la película Darfur (Uwe Boll, 2009). El título ya nos pone en antecedentes sobre la sinopsis: El genocidio en Darfur sucedió a principios del 2003, perpetrado por los Yanyauid, árabes musulmanes de raza blanca, contra las etnias africanas de raza negra, una matanza ya no en nombre de Dios o del dinero sino por el color. En la película un grupo de seis corresponsales recorren la meseta de Sudán, escoltados por un grupo de Cascos Azules, haciéndose eco de los rumores terribles que se vienen escuchando. El suyo es un viaje hacia el horror, empezando por el descubrimiento de una fosa común con los huesos humanos aflorando sobre la tierra hasta llegar a una aldea compuesta por los supervivientes de una ofensiva árabe. Los periodistas, curtidos en las desgracias de la guerra, son conmovidos por las historias de vejación y asesinato. Hasta aquí, podríamos creer que más que una película, pasa por un documental disfrazado. Entonces, cuando los periodistas están a punto de partir, divisan en el horizonte una franja de polvo. Son los vehículos y las tanquetas de la milicia árabe que vienen a exterminar el pueblo. Los Cascos Azules están ahí como observadores y tiene orden de no intervenir en el conflicto, así que se ven obligados a retirarse, dejando a los aldeanos inermes y desvalidos. Los reporteros también tienen que irse si no quieren correr la misma suerte que está por padecer el resto del pueblo. Les vemos marcharse con impotencia. No les dejan ni llevar consigo un bebé que una madre desesperada ponía en sus brazos.

En la segunda parte de la película, los atroces testimonios que escuchábamos se reproducen de nuevo, sólo que esta vez podemos contemplarlos. La imagen de nuestra televisión se llena con los machetes llenos de sangre, el desmembramiento de las víctimas, la violación de las mujeres, el fusilamiento de familias enteras. El director Uwe Boll está empeñado en mostrárnoslo todo. Dos reporteros, que no pueden resistir lo que sucede, deciden regresar a la aldea, esta vez con armas en las manos, al estilo Rambo. Con ellos, el capitán de los Cascos Azules. El resto sabe que lo que pretenden es inútil y se siguen alejando en los jeeps. Los tres audaces que vuelven sobre sus pasos no sólo se ven incapaces de salvar a nadie sino que perderán sus vidas al intentarlo. Sus cuerpos son encontrados más tarde junto a los restos calcinados de la aldea. Ni el capitán ni los dos reporteros logran modificar el destino aciago de los aldeanos. Su sacrificio ha sido en vano. Para que la película no nos desmorone completamente, encuentran un bebé debajo del cadáver de uno de los periodistas. Éste había tenido tiempo de cavar agonizante un agujero donde esconder al pequeño, cubriéndole con su propio cuerpo para que el enemigo no lo encontrara. Ese bebé es el símbolo de esa esperanza que nunca se concreta en nada.

¡Vosotros sois el futuro! Nos ponderaban en el colegio.

El bebé que rescatan en la película es un símbolo de esperanza –la semilla- pero los símbolos no significan lo mismo que antes. Lo importante son las vidas humanas. Las películas, cuando no pueden garantizarnos un final feliz, al menos nos hacen una promesa mirando al mañana. Un guiño, una palmada en el hombro. Pero ese bebé no es el mañana, ni el futuro de una nación, ese bebé simplemente pasará a otros brazos y seguirá viviendo en una aldea como en la que estuvo, y quizá crezca y tenga hijos o quizá se muera de tifus o malaria, o alguien regrese para asesinarlo. Nadie va a enterarse porque ese bebé no es el mañana, no es más que un bebé. Nada reemplaza el costo de las vidas que se pierden por razones injustas y arbitrarias. Esto debería ser otra perogrullada pero parece que Pero Grullo, por si las moscas, camina con pies de plomo en estos lares.

Lamento el spoiler pero este artículo va de finales, es decir, de muertos.

II:

De pequeño me habían dicho que el prota no puede morir. A ustedes posiblemente también. Y, en efecto, el cine comercial –ese que algunos han dado en llamar escapista, y otros han tildado de cobarde- no se permite transgredir la norma, a riesgo de dejar a su público descontento. Los buenos no ganan en la realidad, ese es un lujo que sólo se permite el cine, y lo ha explotado hasta el hartazgo a sabiendas de nuestra sed de justicia insatisfecha. Las películas nos consuelan, nos hacen olvidar, hacen más llevadera la desgracia cotidiana. Pero no todas. Hay pequeñas –y grandes- excepciones, que sin cerrar los ojos al apartado comercial, han sido capaces de mostrar las costuras de nuestro mundo perfecto, demostrando que la cámara también puede ser una herramienta valiente.

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Las cantidades pueden variar pero la receta es siempre la misma: Partimos de un contexto social e histórico donde prevalece la injusticia, y dentro de ese marco, una o varias personas completamente disconformes o beligerantemente opuestas. Se da, por ejemplo, el caso de los anónimos luchadores de la resistencia durante la II Guerra Mundial, ya combatan dialécticamente desde un aula de escuela (Esta tierra es mía. Jean Renoir, 1943, en uno de los mejores papeles de Charles Laughton), usando el terror contra el Terror (El ejército de las sombras. Jean-Pierre Melville, 1969) u ofreciendo asilo a los perseguidos (Roma, ciudad abierta. Roberto Rossellini, 1945). De una u otra forma terminan compartiendo el paredón o el tiro en la espalda. Los altruistas tienen unos principios enfrentados con la realidad en la que viven y de ahí la aparición del conflicto, que es resuelto haciéndoles desaparecer. Los altruistas buscan un sueño y ese sueño es una utopía. Utopía es una palabra que ya nace maldita de la pluma de Tomás Moro. Y como esto va de cine, no les remito a su libro sino a la película que le hicieron (Un hombre para la eternidad. Fred Zinnemann, 1966), enfatizando su personalidad moralista y los inquebrantables principios que le llevaron al cadalso. (También podría objetarse que no fue el carácter firme de Tomás Moro sino la personalidad voluptuosa de Enrique VIII lo que puso el hacha del verdugo sobre su cuello).


La utopía es una cosa muy curiosa. Puede nacer en forma de fábrica de hielo en mitad de la jungla centroamericana (La costa de los mosquitos. Peter Weir, 1986) o en un estudio de televisión (Network. Sydney Lumet, 1976). El resultado suele ser casi siempre el mismo y sus voceros abrazan el destino vestido de bala. Cambiar las cosas pertenece a las competencias de los poderosos. Los altruistas no tienen cabida pero no por ello estos se dejan desanimar: las utopías son sus obsesiones, le dan sentido a su vida y, sobretodo, a su muerte.

After the Destruction






No siempre es fácil saber si detrás de ese sueño se oculta otro infierno o si, al final, todo se reduce a una elección de tiranos, como bien decía Jean-Louis Trintignant en Bajo el Fuego (Roger Spottiswoode, 1983). La cita exacta, pronunciada momentos antes de que reciba un tiro en la cabeza, sería esta: “Si deseamos sobrevivir, tenemos que elegir a nuestros tiranos. Por las razones correctas, vosotros, poetas, escogéis el bando equivocado”. El telón de fondo de la historia es la Nicaragua sometida por el presidente Somoza.

La resistencia puede empezar de forma timorata, a regañadientes. Los hermanos Tavianni filmaron una hermosa película (de la que Tarantino extrajo su tarantella para Malditos Bastardos, 2009) en la que un aristócrata anarquista llamado Fluvio (Marcello Mastroianni), queriendo descansar de su compromiso político, se refugia en su antiguo hogar. Sus antiguos compañeros de causa lo encuentran. Le empujan a embarcarse en una revolución en la que ha dejado de creer. Fluvio, llegará a vender a sus propios camaradas, esperando que su fracaso le sirva para desvincularse del movimiento. La ironía está servida por partida doble: primero, porque la gente a la que quieren librar de la opresión, no quiere ser salvada; segundo, porque es al final de todo cuando Fluvio vuelve a sentir el lejano ardor de la utopía en su pecho. Le han llegado noticias de que la revolución está siendo un éxito. Fluvio se despoja de sus disfraces y corre por el campo con su traje de militante anarquista, va a reunirse con los demás. Se oye un disparo y su cuerpo rueda por el suelo. En realidad, el hombre que le había dado las buenas nuevas, estaba trastornado por los golpes. En realidad, la revolución había terminado antes de empezar y Fluvio era su última baja. La película, del año 1973, se titula Allonsanfan.

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Los malos arrepentidos son un tema recurrente. Y, como sucedía en Diamantes de sangre, (Edward Zwick, 2006) purgan parte de sus crímenes con la vida. Y es que la culpa es fatal, sobretodo en el cine, pero también representa la única forma de redimirse, como le pasó a Darth Vader cuando arrojó al Emperador por esa especie de foso (El retorno del Jedi. Richard Marquand, 1983).

A veces la deuda que uno ha contraído con su propia moral, resulta impagable, y entonces se explora la idea del suicidio. En Leaving las Vegas (Mike Figgis, 1995) asistimos al proceso de destrucción voluntario del personaje de Nicolas Cage. En Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980), Jake LaMotta, alias Robert de Niro, se deja desfigurar a golpes en búsqueda de la catarsis o el aniquilamiento.

Existen muchas razones para hacer lo incorrecto. Los nazis pretendieron obediencia en Nuremberg pero yo prefiero quedarme con lo que le dice Paul Edgecomb (Tom Hanks) a su mujer en la recta final de La milla verde (Frank Darabont, 1999). Su conflicto viene de tener la obligación de ejecutar a un hombre que sabe a ciencia cierta que es inocente y bueno. Sus palabras: “Cuando me encuentre ante Dios y me pregunte porqué maté a uno de sus auténticos milagros, ¿Qué voy a decirle? ¿Que hacia mi trabajo?”

Camus nos explicaba que la condición natural del mundo es completamente amoral. Es decir, el universo es como es y no como nosotros lo queramos ver. Las estrellas no son bonitas o feas, solamente son estrellas. El ser humano tiene el atrevimiento de juzgar el infinito con su sistema de valores. Esa es la grandeza o la locura de los altruistas. Están dispuestos a dar la vida por un mundo que les da la espalda. Nadie quiere su revolución aunque sea necesaria. ¿Pero qué puede esperarse de una sociedad en la que hasta los del 7º de caballería son unos auténticos villanos? El poder rige nuestras vidas y quienes lo detentan no juegan con las mismas reglas de la moral. Se han mimetizado con el universo y son ajenos al sufrimiento que causan. Al contrario que el resto, sólo saben caer de pie.

Helsinki, 21 de septiembre de 2011

Leer la continuación del artículo: LOS ALTRUISTAS NO CAEN DE PIE (III)

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